lunes, 2 de junio de 2014

El Zapata conquista Puquio.

Con su toreo muy a la mexicana, variado, fácil y efectista, el diestro tlaxcalteca triunfó en el primer festejo de la feria del Señor de la Ascensión. Fernando Roca Rey también salió en volandas en una tarde donde a la corrida de San Pedro y Salamanca le faltó el punto de raza para romper.
(Desde Puquio, Ayacucho, textos y fotos de Juan Medrano Chavarría y Luis Rodríguez Sánchez, especial para Perú Toros)
Empezaremos con algunas disquisiciones sobre el juez, la autoridad o la presidencia, que conduce el festejo y otorga los trofeos de acuerdo al reglamento taurino. Si está allí lo hace investido de autoridad, dispone y ordena y hay que respetar sus decisiones, porque está sobreentendido que conoce ampliamente del tema y tiene sabiduría para resolver en situaciones en que la masa actúa movida por pasiones y emociones.
Hace unos días una dama que escribe de toros en un medio limeño se preguntaba porqué en nuestro país no podemos tener ferias de categoría como la de Manizales, Cali o Medellín en Colombia… Pues sencillamente porque allá los espectadores tienen cultura taurina, se respeta a la autoridad y los toreros son verdaderos profesionales que acatan las disposiciones y reglamentos de los espectáculos taurinos. Este cronista, que ha presenciado corridas en plazas de América, no recuerda haber visto banderilleros azuzando al público para pedir trofeos para su matador, menos impidiendo que el tiro de arrastre ingrese al albero en tanto se exacerban los ánimos para cargársela contra el juez y por presión de la masa caigan los trofeos. Ocurrió en Acho la temporada pasada, cuando un banderillero español tuvo el desparpajo de detener a los mulilleros mientras la gente se cargaba la presidencia.
He allí la explicación a nuestra penosa realidad. Muchos festejos, muchas corridas, muchas plazas llenas pero nada de formalidad. Nos zurramos en la ley, los reglamentos y nos creemos listos e intocables. A estas alturas deberíamos exportar toros y toreros pero solo somos el hazmerreír del cotarro…
En Puquio los organizadores invirtieron dinero en la impresión de 15,000 folletos ilustrativos donde se abordaban temas como el reglamento taurino, concesión de trofeos, función del picador, tercios de la lidia, tipos de estocadas, entre otros detalles de las corridas de toros. Se confeccionaron también igual cantidad de pañuelos blancos que se entregaron a los espectadores a su ingreso a la plaza. El objetivo de la comuna, muy loable por cierto, era ilustrar al público para el buen desarrollo del espectáculo…
Los toros de San Pedro y Salamanca saltaron terciados y se dejaron torear. Los de Salamanca lucieron mejor condición pero en general a la corrida le faltó fuerza y ese picantito, este último factor indispensable para generar emociones. Con ese material entre manos los toreros tuvieron que hacerlo todo; y he allí que la sapiencia y el repertorio jugaron papel importante en la balanza.
El lote de Sebastián Vargas careció de arrestos. El 1° fue reservón, de embestida descompuesta y nunca se entregó. El cucuteño le hizo faena de aliño y lo pinchó. El 4° no trajo nada nuevo, tuvo poca fuerza pero más claro en sus embestidas. Vargas lo esperó de hinojos en los medios pero el morlaco acudió muy tardo y desentendido y de allí para adelante hubo de sostenerlo con la muleta a media altura. No hubo lucimiento pero sí conocimiento y oficio para domeñar y resolver. Dejó media estocada en todo lo alto y el trofeo nunca llegó.
El Zapata no reparó en las condiciones de su lote. Simplemente aprovechó cada viaje, cada arresto, cada arrancada para pasárselos de capote y muleta. No es torero de quietud, de cruzarse ni de apuntar con las zapatillas los pitones del toro, pero domina muy bien los tiempos y las pausas, por eso lo ve todo muy claro. Los pares monumentales que clavó calentaron los tendidos y despertaron admiración en un público poco acostumbrado a ver toreros tan largos como el mexicano.
En medio de aquellos dos veteranos de guerra anduvo nuestro crédito Fernando Roca Rey. Su 1°, que arrollaba y echaba las manos por delante, no sirvió a sus propósitos. Al 6°, de poca fuerza y sin transmisión, le hizo faena larga, tediosa y sin emociones, a pesar de la buena actitud que mostró el limeño para justificarse y agradar al público que en todo momento lo alentó desde los tendidos. Cayó la noche y no alcanzamos a ver la estocada, pero sí el despelote que armaron los subalternos atizando la confusión y el fervor de la gente que clamaba por los trofeos para el peruano; en tanto el juez, acorralado, defenestrado y sin autoridad, abdicó defender sus fueros.
Ficha. Sábado día 31 de mayo. Plaza de toros Antonio Navarro. Lleno hasta las banderas en tarde soleada. Corrida de Toros. Seis astados de San Pedro 1°, 5° y 6°, y Salamanca 2°, 3° y 4°.
Sebastián Vargas (Azul rey y Oro) Dos pinchazos y descabello, palmas. Media estocada en todo lo alto, vuelta al ruedo.
Uriel Moreno El Zapata (Gris pizarra y oro) Estocada desprendida, oreja. Estocada trasera y desprendida, dos orejas.
Fernando Roca Rey (Burdeos y oro) Estocada trasera y caída, vuelta al ruedo. Estocada, dos orejas.      
    
 
Sebastián Vargas

Uriel Moreno El Zapata



Fernando Roca Rey.



 Este burraco intentó saltar al callejón

Gran picador el mexicano César Morales.

El Zapata y Fernando Roca Rey a hombros.

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